Una expectativa, una decepción 0

lunes, mayo 26, 2008 | Escrito por | Etiquetas

En palabras del neurofisiólogo Humberto Maturana “La angustia está relacionada con las expectativas y se suprime eliminando las exigencias”. La mayoría de los psicólogos actuales estarán de acuerdo en que las expectativas que nos formamos son una fuente de sufrimiento si éstas no se cumplen. Pero ¿se cumplen alguna vez? Yo creo que hay un tipo de expectativas que, precisamente por su peculiar naturaleza, jamás se ajustarán a lo imaginado. Un caso típico de expectativa decepcionante se produce cuando nos hablan de una película que aún no hemos visto. Un amigo nos comenta que tal director, del que somos fans acérrimos, ha estrenado una nueva película y que es maravillosa. Con estos datos, la mente fabrica un modelo de lo que puede ser esa película, un modelo que puede ser realmente excitante cuando, además, nuestro amigo añade la temible frase de “a ti te va a encantar”. Pero ese modelo es una idea abstracta, indefinida, no tiene forma, y, por tanto, nada de lo que veamos se ajustará a lo imaginado puesto que realmente no sabemos como es. Se trata de una composición de la mente, hecha con imágenes que no son tal, sino más bien anhelos de imágenes, quizá tenues reflejos de cosas ya vistas o yendo aún más lejos, de intuiciones, de sensaciones que están por llegar. Esta composición sólo sobrevive en un estrato donde no puede ser analizado, en las brumas del profundo inconsciente y solo adquiere alguna forma cuando es traída al plano consciente. Cuando un espectador sale decepcionado del cine, siguiendo el ejemplo anterior, puede pensar: “no me la imaginaba así”, pero en realidad no sabe como se la imaginaba, sólo que no era así.
Esta tendencia de la mente humana a crear expectativas es una amenaza constante para la ficción audiovisual. Un guionista que adapte un libro tendrá que vérselas con ella. También el director que escoge un actor para interpretar un personaje de cómic, ya que jamás hablará como nos hablaba a nosotros cuando leíamos el cómic. La expectativa puede arruinar una película, pero también puede hacerla grande si se usa adecuadamente. En un film de terror, por ejemplo, nada será más terrorífico que la expectativa personal que se ha creado cada espectador. Esto lo saben bien los grandes autores de terror, como por ejemplo, H.P. Lovecraft, que nunca describía a los extraños seres que aparecen en sus obras, y, sin embargo, resultan mucho más inquietantes que los monstruos de otros escritores descritos prolijamente. A la hora de escribir un guión es importante tener esto en cuenta. Crear intencionadamente una gran expectativa en el espectador puede servir para engancharle, pero casi con toda seguridad desembocará en una decepción si no se usa con cuidado. En una película de ciencia ficción, por ejemplo una en la que un científico loco está creando un monstruo, lo mejor será no crear grandes expectativas, ya que cuando finalmente
aparezca el monstruo nunca va a ser lo suficientemente horripilante. Así lo creía Jacques Tourneur cuando rodó en los años cincuenta “La noche del demonio”. En este delicioso clásico del terror, un periodista investiga a Karswell, un extraño profesor, líder de una secta satánica, con la intención de demostrar que se trata de un impostor, un simple charlatán al que desenmscarar y no un mensajero del diablo. Pero empiezan a pasar cosas extrañas y poco a poco el incrédulo periodista empieza a dudar de si no habrá algo diabólico en Karswell. Tourneur había conseguido un gran suspense sembrando la duda razonable en el espectador… hasta que el productor ejecutivo se empeñó en sacar un humeante demonio de cartón piedra.

Tourneur se rebeló y luchó por dejar fuera al demonio, pero no hubo manera: el demonio no sólo aparece, si no que suele protagonizar los carteles promocionales del film. Vista hoy, la película sigue funcionando bien pese a sus cincuenta años, excepto cuando aparece el dichoso demonio, que se convierte en otra cosa, encantadora, pero naif. El problema no era el diablo en sí, (que había sido construido con mimo siguiendo las indicaciones de antiquísimos tratados sobre satanismo); el problema era que la expectativa, la imagen que se había creado el espectador de la encarnación del mal era simplemente insuperable.

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