Las últimas palabras 3

jueves, junio 12, 2008 | Escrito por | Etiquetas

Hace unos días estuve pensando en cuales serán mis últimas palabras. No es tarea fácil decidirse, créanme. ¿Una frase humorística para que te recuerden con simpatía? Puede ser, siempre que sea espontánea, como la que dijo el escritor Fontenelle, cuando le preguntaron, en su último suspiro, que sentía: "Nada, salvo una cierta dificultad para seguir existiendo". ¿Una frase trascendental? No es fácil. ¿Una frase que resuma el espíritu de una vida? Para inspirarme ojeo mi Diccionario de últimas palabras. La conclusión que saco es que no conviene obsesionarse con este tema, no sea que te ocurra lo que a Walt Whitman. Parece ser que el poeta estuvo obsesionado toda su vida con dejar unas últimas palabras acordes a su estatura literaria. Whitman creía que lo último que dijera un poeta debía ser la culminación de su obra, pero cuando llegó el momento, se bloqueó (es disculpable) y sólo pudo exclamar un escueto "¡Mierda!". Morirse es muy fácil o muy difícil, según a quién se le pregunte. Dime cómo te mueres y te diré quien eres, dijo alguien. En muchas ocasiones, las últimas palabras no hacen más que ratificar la personalidad del moribundo. Marlene Dietrich y Oscar WIlde son buenos ejemplos de esto. Es sabido que Marlene pasó sus últimos años encerrada en su casa para que nadie viera su decadencia. No permitía ninguna visita, excepto contadísimas excepciones de algunos íntimos. Cuando estaba a punto de expirar, un antiguo secretario y amigo suyo consiguió colar en la casa a un sacerdote. Cuando le vio, Marlene le echo inmediatamente: "¡Largo, ¿de qué voy a hablar yo con usted? ¡Tengo una reunión inminente con su jefe!" Wilde también usó su fina ironía hasta el último momento. Llegó al final de su existencia en la más absoluta pobreza, sin posibilidad alguna de recibir los cuidados necesarios. Cuando un pudiente amigo suyo se enteró de su estado, envió a dos de los mejores y más caros médicos de Francia a que le atendieran, pero era demasiado tarde. Cuando vio los médicos, Wilde exclamó: "Muero como siempre he vivido... por encima de mis posibilidades". Pero no todo el mundo está tan ingenioso cuando llega el fatal desenlace. Muchos no aciertan más que a decir "Me muero", "llegó la hora", "adiós", muchos "cógeme la mano", "abrázame" y frases similares. También hay quien se aburre. Churchill y el poeta d'Annunzio, soltaron un "¡Es todo tan aburrido!" y "Me aburro" respectivamente. El gran físico y divulgador Richard Feynman esperaba hacer de su muerte su último y más grande experimento, pero éste no estuvo a la altura de sus expectativas: "Esta muerte es, sencillamente, aburrida". Las últimas palabras eran, dicen, uno de los alicientes de las ejecuciones públicas que se celebraban en Europa y Estados Unidos hasta no hace mucho. El público esperaba expectante la última declaración del que iba a ser colgado, guillotinado o asesinado de formas aún peores. Un famoso pistolero americano, vio como temblaban las manos de un joven sheriff encargado de su ejecución. "¡No te iras a poner nervioso ahora!", le espetó. "Es mi primera ejecución" le dijo el sheriff. El pistolero le respondió entre risas "¡También la mía!". También encuentro momentos conmovedores. Jane Austen, cuya amabilidad y humildad eran legendarias, se encontraba en el lecho de muerte. Su sirvienta le preguntó si necesitaba algo. "Nada, muchas gracias. Ahora si no os importa, me tengo que morir". ¿Y por qué decir algo? Como de momento no se me ocurre nada, me consuelo con las últimas palabras públicas de Marx. Éste llegó a sus últimas días totalmente solo y destrozado por la enfermedad y las desgracias personales. Cuando estaba a punto de morir, Engels fue a visitarle y le preguntó si le quedaba aún algo que decir a la posteridad. Marx, estalló en cólera "¡Fuera de mi vista! ¡Las últimas palabras son cosa de tontos que no han dicho lo suficiente mientras vivían!"

| edit post

3 Reply to "Las últimas palabras"

Bárbara on 13 de junio de 2008, 14:09

Yo espero que la muerte me pille por sorpresa para no tener tiempo de decir ninguna estúpidez. Si en cambio me toca languidecer en el lecho de muerte 'sine die' espero que a ningún cabrón se le ocurra apuntar mis balbuceos de moribunda. Morirse da miedo, al menos a mí me asusta, porque al otro lado sólo veo la nada, e incluso en vida, esos momentos inundados por la nada en los que a veces te sumerges o simplemente te toca vivir, son espeluznantes. Así que tener que decir algo inteligente antes de morirse me parece un reto incompatible con la perspectiva de la muerte. Yo creo que preferiré no hablar y sí, que alguien me abrace y me de la mano y me la apriete mucho y me de besos -a menos que en mi camino a la muerte ya esté en semiproceso de putrefacción, con lo cual perdonaría que nadie me besara en ese estado-. Pero si ese no es el caso sólo diré algo para poder morirme con mucho contacto físico, que en vida nunca es suficiente. Interpretadlo como querais. La verdad es que morirse en medio de una buena sesión de sexo tampoco me importaría aunque no querría hacerle esa putada a ningún amante...
besos muy vivos desde nueva york

 

puntomatic on 16 de junio de 2008, 9:45

Barbarella, tienes más razón que una santa, y es lógico el miedo a la muerte: los periodistas vais al infierno seguro, como bien explicó Woody Allen en Desmontando a Harry. Y sobre la muerte en pleno coito, creo que hay más casos de los que se cree, sobre todo en hombres. Pero seguro que se han muerto más gritando ¡gool! que "¡Aaah, sigue, sigue!".
Besos!

 

Daniel Tubau on 5 de julio de 2008, 10:45

No sé si hemos comentado aquello que contaba Azcona de que un día fueron a visitar al humorista Tono,pocos días antes de que se muriera. Cuando se iban las visitas, Tono dijo:
- Perdonen que no les acompañe, pero es que me estoy muriendo.

 
-->