viernes, marzo 20, 2009 | Escrito por
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Nacido con un temperamento ardiente y vivaz, sensible a los goces de la sociedad, pronto tuve que renunciar a ellos para vivir una vida de reclusión. En ocasiones he tratado de olvidarlo todo. ¡Cuán cruelmente, sin embargo, he sido repelido por la dolorosa experiencia de mi oído defectuoso! Y no me era posible decir a las gentes “¡Hablad más alto, gritad, porque estoy sordo!” ¡Ay! ¿Cómo podía yo reclamar la falta de un sentido que debía poseer en más alto grado que ningún otro, un sentido que un tiempo poseí con más agudeza que cualquiera que mis colegas? ¡Ciertamente no puedo! Perdonadme, por tanto, si me veis retraído, cuando de buen grado estaría entre vosotros.
Carta de Ludwig van Beethoven (6 de octubre de 1802).
miércoles, marzo 18, 2009 | Escrito por
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La popular y excéntrica artista del collage Gloria vilches, está preparando un festival de películas de collage animado donde se podrán ver obras como Science Friction (1959) del pionero de la animación informática Stan Vanderbeek.
martes, marzo 17, 2009 | Escrito por
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Probablemente los mejores travellings con grúa de la historia del cine los rodó Kalatozov. Un ejemplo extraído de la mítica Soy Cuba, del que tomó buena nota Paul Thomas Anderson cuando realizó Boogie Nights. [En la película original la escena iba acompañada de otra música. Aquí han cambiado la BSO por el clásico de Deirdre Wilson Tabac I Can't Keep From Crying Sometimes.
viernes, marzo 13, 2009 | Escrito por
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¿Qué ocurriría si se repitiese hoy el célebre experimento que el psicólogo David Rosenhan realizó en 1972? ¿Se obtendrían los mismos resultados?
Recordemos el experimento. Rosenhan pretendía comprobar si los psiquiatras de diferentes instituciones mentales eran capaces de distinguir entre cuerdos y enfermos mentales. Para ello llamó a ocho amigos y les preguntó “¿Tienes algo que hacer el mes que viene? ¿Tienes tiempo para fingir una enfermedad mental que te interne, y una vez dentro, ver lo que pasa?” Los falsos pacientes debían fingir solamente un síntoma: que, desde hacía tres semanas, oían de vez en cuando una voz que les decía “zas”. Rosenhan eligió esta palabra porque, -aparte de ser ridícula-, no se encontraba en la bibliografía psiquiátrica. No podían fingir ningún síntoma más, y además, si eran internados, debían advertir a los psiquiatras que ya estaban bien y que habían dejado de oír la voz. Los ocho voluntarios fueron ingresados, diagnosticados con esquizofrenia u otros trastornos graves, y tratados con diversa y abundante medicación. La mayoría estuvieron mucho tiempo internados (dos meses el que más), pese a que se comportaban con total normalidad y advertían reiteradamente a los doctores que se encontraban perfectamente. >Seguir leyendo... Curiosamente, los falsos pacientes fueron descubiertos por los pacientes reales. Muchos se les acercaron y les dijeron cosas del tipo “eres periodista ¿verdad?” o “Te has infiltrado para espiar el funcionamiento del hospital…”. Cuando Rosenhan publicó los resultados del experimento en Science, la credibilidad de la psiquiatría recibió un duro golpe. Pero lejos de rendirse a la evidencia, algunos psiquiatras contraatacaron y retaron a Rosenhan a que volviera a enviar falsos pacientes. Rosenhan acordó con un hospital que durante tres meses enviaría un número indeterminado de falsos locos (por decirlo de alguna forma). Una vez acabado el plazo, el hospital anunció que había detectado, con grado alto de fiabilidad, a 41 falsos pacientes... ¡pero Rosenhan no había enviado ninguno!
Treinta y cuatro años después la psicóloga Lauren Slater se propuso repetir de nuevo el experimento de Rosenhan. Antes, Lauren preguntó a Robert Spitzer, -uno de los psiquiatras que más se enfadó con Rosenhan en su momento-, que pasaría hoy si se repitiese en igualdad de condiciones. Spitzer aseguró que hoy sería imposible engañar a un psiquiatra como entonces hizo Rosenhan. Un paciente que se presentase en urgencias presentando sólo este síntoma, jamás sería ingresado ni medicado, “simplemente sería despachado con el diagnóstico de diferido” (diferido es una categoría especial que permite a los médicos clínicos aplazar el diagnóstico por falta de información).
Lauren no fue ingresada, pero el médico que la atendió le recetó rápidamente Risperdal, un medicamento antipsicótico. Lauren, (que lógicamente conoce bien el medicamento) le preguntó si le parecía psicótica: “un poco” le respondió el médico, “y además sufre de depresión, así que además le recetaré un antidepresivo”. Antes, el psiquiatra le había hecho diversas preguntas: ¿Come y duerme bien? ¿Ha tenido algún problema últimamente? ¿Algún antecedente traumático…? Lauren respondió que todo iba normalmente, comía y dormía bien, en el trabajo funcionaba perfectamente… todo normal. Lauren probó en otros siete hospitales. En todos fue diagnosticada con psicosis depresiva mientras la daban un montón de pastillas. ¿Cómo es posible? Lauren cree que la medicación condiciona el diagnóstico y no al revés. Como te voy a recetar Risperdal, te diagnosticaré algún tipo de psicosis, ya que no se puede dar este medicamento a un paciente no psicótico. Lauren llamó por teléfono a Spitzer para comunicarle los resultados del nuevo experimento. El viejo psiquiatra, que tanto había luchado en la defensa de su disciplina, se sintió terriblemente decepcionado. “No sé… creo que, simplemente a algunos médicos no les gusta decir no sé”.
[Fuente: Cuerdos entre locos/ Lauren Slater/ Editorial Alba]
martes, marzo 10, 2009 | Escrito por
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En 1968, el maestro de la animación rusa Fyodor Khitruk realizó esta genial parodia del proceso de creación de una película -desde la escritura del guión hasta su presentación ante el público-, inspirándose en Sergei Eisenstein y los problemas que éste tuvo en el rodaje de Iván El Terrible.
Más información sobre la animación rusa en este artículo de Zoia Barash
miércoles, marzo 04, 2009 | Escrito por
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Lola Puñales me ha recomendado este delicioso dibujante checo, Vladimir Sasek (1916-1980). Probablemente el lector, como me ocurre a mí, encontrará sus dibujos extrañamente familiares. Quizás es debido a que los conocimos de niños, puesto que Sasek fue un autor muy reconocido. Entre su obra destaca la serie This is, compuesta de 18 libros dedicados a las principales ciudades del mundo, que siguen reeditándose continuamente. This is London y This Is Venice... se encuentran entre los más deseados.
martes, marzo 03, 2009 | Escrito por
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Siempre he querido iniciar, como Martin Gardner, una colección de las peores poesías de la historia. Tener en un mismo estante a los poetas menos dotados y disfrutar del irresistible humor que, de manera involuntaria, emerge de la poesía cuando ésta es verdaderamente mala. ¿Quiénes son los peores poetas de la historia? No es fácil otorgar este título, porque, como dice Eduardo Stilman, quizá nada se produzca a ritmo más acelerado que la mala poesía. Y sin embargo, no es fácil ser un poeta verdaderamente horrible, un Ed Wood de los versos. En palabras de Stilman: “la proporción adecuada de desmesurada ambición, temeraria confianza en si mismo y crasa incompetencia que requiere la misión del Gran Poeta Malo no está al alcance de aficionados. Hay que contar con ese indefinible don que convierte lo malo en execrable”.
>Seguir leyendo... Ese don lo poseía por ejemplo, Julia A. Moore, autora estadounidense que tuvo -y sigue teniendo- un selecto grupo de admiradores que se tronchaban con sus poemas. Entre sus seguidores estaba Mark Twain, que aseguraba que Julia era su poeta favorito, y en ella se inspiró para crear el personaje de Emmeline Grangerford en Las aventuras de Huckleberry Finn. Su libro La dulce cantante de Michigan es todo un clásico. Tras el gran incendio de Chicago de 1871, las musas llamaron a la puerta de Julia:
The great Chicago Fire, friends, Will never be forgot; In the history of Chicago It will remain a darken spot. It was a dreadful horrid sight To see that City in flames; But no human aid could save it, For all skill was tried in vain.
Al mismo nivel debemos situar a Miranda Kropp, cuya poesía completa estaba entre los tesoros más preciados de Martin Gardner. He aquí un ejemplo de su arte. Se trata de las dos primeras estrofas de su poema “Un borracho (una historia real)”
The was a man, David Church by name, He had a wife and family the same, He had genius, and a good trade, But drunk up every cent he made.
He owned a house, and a small farm, But he drunk more as the day rolled on, Lower and lower, did he sink, Until he did nothing but drink, drink.
[Había un hombre, de nombre David Church, Tenía mujer y familia también, Un oficio y buen talento tenía, Pero cuanto ganaba se lo bebía.
Tenía casa y una pequeña granja, Pero más bebía a medida que el día pasaba, Se iba hundiendo más y más, Hasta que solo bebía y nada más].
(Traducción de Joseph María Llosa).
Y llegamos al que para muchos es el peor poeta de la historia, el escocés William Topaz McGonagall. Aunque nació y murió en Edimburgo, pasó la mayor parte de su vida en Dundee, bella ciudad famosa por el puente que cruza el río Tay. Así expresaba Mc Gonagall la belleza de estos parajes:
El Tay, el Tay, el Tay, quién lo diría, Corre de Perth a Dundee todo el día.
O estos versos, que tampoco son mancos:
Hermoso puente ferroviario sobre el plateado Tay Con tus arcos y pilares como otros no hay, Y tus vigas centrales, que se muestran al ojo, Elevándose hacia el cielo con intrépido arrojo.
Hoy en día, plazas y calles llevan el nombre de Mc Gonagall en Dundee, pero en vida fue humillado hasta la extenuación. Como ocurría en la película La cena de los idiotas, Mc Gonagall era invitado a recitales por malvados admiradores con el único objetivo de mofarse de él.
William fue un fruto tardío, un honrado tejedor que se formó como autor de manera autodidacta. Como él mismo decía: “William McGonagall, como su tocayo Shakespeare, aprendió más de la naturaleza que en la escuela”. Cuando tenía cuarenta y siete años, la inspiración hizo acto presencia y le empujó a la creación lírica: “Fue tan extraño, imaginé que tenía una pluma en mi mano derecha, y que una voz gritaba: ¡Escribe! ¡Escribe!” Su obra es ingente, pero nunca llegó a cobrar por ninguno de sus poemas, a excepción de un eslogan publicitario para el jabón Sunlight:
Lavará usted con presteza asombrosa, Sin estropearse espalda ni cerviz. ¡Ni cuando lave la ropa más roñosa Chorreará el sudor de su nariz!
Pero como cuenta Stilman “la tragedia aparecería en su vida cuando “los arcos, pilares y vigas centrales” de su amado puente sobre el río Tay, inaugurado en 1878, en vez de “elevarse hacia el cielo con intrépido arrojo”, estrepitosamente se hundieron al paso de un tren durante la noche del 29 de setiembre de 1879, matando a todos los pasajeros, y desencadenando en McGonagall, además del correspondiente poema alegórico, una depresión que casi lo hizo abandonar la poesía”. Por suerte el puente fue reconstruido en 1887 y el mundo recuperó un genio inigualable.
Lo más curioso de McGonagall es que él siempre confió en su talento. Cuando murió el poeta Alfred Tennyson, por entonces el favorito de la reina Victoria, McGonagall se acercó hasta el Castillo de Balmoral, “con sus libros bajo el brazo, para reclamar el puesto de Poeta Laureado a la Reina Victoria. No pudo verla, y se le dijo que si volvía a aparecer por allí, sería arrestado (la reina otorgó el cargo a Alfred Austin, escritor mediocre mucho menos simpático que el escocés)”. Esta ilimitada confianza en sí mismo permitió que el pobre Mc Gonagall fuera objeto de las bromas más crueles. Una falsa invitación para que hiciera una gira de recitados por los Estados Unidos lo llevó hasta Nueva York, a donde llegó casi sin dinero, quizá esperando forrarse con su arte. Un amigo tuvo que rescatarle enviándole dinero desde Escocia. Otra falsa invitación (supuestamente del gran dramaturgo Dion Boucicault, que lo invitaba a realizar una gira por el interior de Inglaterra) lo llevó a Londres, donde también fue burlado. Ya vivía en Perth, cuando “C. McDonald, Poeta Laureado de Birmania”, le comunicó, también por carta, que el rey de Birmania y las Islas Andaman lo había hecho Caballero de la Orden del Elefante Blanco. Desde entonces, McGonagall usó su nuevo título en cada ocasión posible, pero se abstuvo de viajar a la India; quizá porque había escarmentado, quizá debido a la advertencia de que el rey de Birmania “no ofendería su sensibilidad ofreciéndole sucio lucro como paga por lo que usted pueda componer en su honor tras recibir la insignia de la Santa Orden”. Hoy en día Mc Gonagall es el héroe local de Dundee. En la conmemoración del centenario de su muerte, Iain Luke, miembro del parlamento, le recordaba así: “McGonagall es un típico personaje de Dundee. Se le ame o se le odie, no se puede negar que tenía una fuerte personalidad, apasionada por la poesía y por Dundee. Su uso verdaderamente catastrófico del metro y la rima y su inquebrantable confianza en sí mismo le han ganado la consideración de los corazones de miles de fanáticos en todo el mundo.”
[Parece ser que hay una película basada en este entrañable personaje, “El gran Mc Gonagall” de 1975, con Peter Sellers haciendo de la reina Victoria, pero no he conseguido localizarla]
Extractos de Eduardo Stilman: Revista de la Federación Argentina de Cardiología.
jueves, febrero 26, 2009 | Escrito por
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“Al pintar cualquier paisaje, el artista debe concentrar sus poderes para unificar la obra. De lo contrario, no llevará el sello característico de su alma. Si un pintor se obliga a sí mismo a trabajar cuando se siente perezoso, sus obras serán débiles y apocadas, sin decisión”.
Kuo Hsi, paisajista chino del siglo XI. Un argumento más para autoengañarse y abandonarse a la procrastinación.
miércoles, febrero 25, 2009 | Escrito por
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En su último libro, George Steiner dedica un capítulo a Cecco d’ Ascoli, un poeta muy poco conocido que tuvo la mala suerte de coincidir con Dante. En realidad, el capítulo está dedicado a la supuesta envidia que durante toda su vida Cecco sintió por el autor de la Divina Comedia. Aunque Cecco era un autor talentoso, fue eclipsado por la sombra gigantesca de Dante, al igual que (si hacemos caso a la literatura) Mozart eclipsó al envidioso Salieri. Goethe se preguntó al respecto: “¿Cómo puedo ser yo si otro es?”. O dicho en otras palabras, ¿cómo puede uno ser poeta con aspiraciones si tu vecino es Dante? Se cuenta que Virginia Woolf tenía proyectada una gran novela autobiográfica, hasta que leyó En busca del tiempo perdido, de Proust. Estuvo tan hundida que durante un tiempo estuvo decidida a dejar de escribir.
Cuando esto ocurre es fácil que surja la envidia, un corrosivo ácido que puede destrozar la vida del envidioso y en ocasiones la del envidiado. Las historias de rivalidad, de feroz odio, entre grandes hombres de ciencia, -o de las artes-, son infinitas. Steiner cuenta que en Princeton, "oí a Robert Oppenheimer lanzar a un físico la exigencia: Es usted tan joven y ya ha hecho tan poco. Después de esto la opción lógica es el suicidio”. La envidia fratricida parece ser una constante en la historia de la humanidad. Se trata de un tema casi tabú, “casi roza lo excrementicio, como intuyó Swift. La sinceridad, el sondear la abierta herida del yo, duele demasiado. El olor que sube desde los rincones del ego es demasiado fétido para respirarlo”. Los moralistas, desprovistos de cinismo, dejaron dos máximas terribles, aniquiladoras: “En las desdichas de un amigo hay algo que no nos desagrada”. Y la aún más desagradable, “No basta con triunfar, hay que ver fracasar a otros, preferentemente a un amigo”. Me cuesta digerir esto, pero Steiner se apresura a proclamar: “Que niegue estas desagradables verdades quien se atreva. Lo peor es la maduración dentro de uno mismo de un registrador irónico e incorruptible; de una voz interior que se ríe de nuestras ilusiones y da expresión a nuestra mediocridad. Aunque pueda poner a prueba lo límites de la resistencia, este testigo interiorizado es un diapasón indispensable. Impone nuestra percepción de lo de verdad cada vez que (nuevamente) no lo conseguimos. Cuando un contemporáneo más valiente y dotado lo ha conseguido. Ahogad esa voz, corromperla mediante la apología o la autocompasión masoquista, y el precio será la verdad. Asfixiar la envidia es, al final, preferible a mentirse uno mismo”.
miércoles, febrero 18, 2009 | Escrito por
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Se ha publicado en España por fin el último tomo de la trilogía La guerra de Alan. Es un obra que recomiendo vivamente, aunque no seas aficionado al medio. El dibujante Emmanuel Guibert ha llevado al cómic los diarios reales que un soldado norteamericano, Alan Ingram Cope,escribió sobre su experiencia en la Segunda Guerra Mundial. Alan es un soldado muy peculiar (ojalá todos los soldados fueran así), y sus recuerdos rezuman una extraña mezcla de sabiduría, ingenuidad y ternura que Guibert ha sabido interpretar maravillosamente con su alucinante técnica "al agua":
¿Quienes son mutantes? Mutantes somos todos, pero unos más que otros, dice Armand Marie Leroi en su apasionante libro. Las mutaciones surgen de los errores cometidos por la maquinaria que copia o repara el ADN. Estas mutaciones alteran el significado de los genes, deconstruyen el cuerpo, lo que puede provocar terribles deformaciones. Pero no todas las mutaciones dan lugar a monstruos como James Merrick, el famoso hombre elefante. Algunas consiguen pasar desapercibidas. Según Leroi, llamar mutante a una persona que presenta una mutación de la secuencia de un gen concreto, es una distinción odiosa: “Es dar a entender, como mínimo, que se desvía de un ideal de perfección. No obstante, los humanos se diferencian unos de otros de muchas maneras y esas diferencias son, al menos en parte, heredadas. ¿Quién de nosotros posee el genoma de genomas, el genoma mediante el cual todos los demás serán juzgados? La concisa repuesta es que nadie”. La probabilidad de nacer con una o muchas mutaciones es altísima. Algunas no tienen efectos visibles, pero otras hacen que nos cueste reconocer como humanos a quien las sufre. Se trata de una cruel lotería en la que intervienen muchos factores, internos, como la herencia genética, pero también externos, como son por ejemplo algunos productos químicos, de los que se sabe ya con seguridad que son los responsables de algunas deformaciones terribles. Hoy en día los mutantes siguen siendo maltratados, -cuando no asesinados-, como les ocurre a los albinos en algunas partes de África. Uno se estremece al imaginar lo que debieron sufrir los mutantes a lo largo de la cruel historia humana. Un niño que naciera con algún trastorno físico grave era considerado una maldición, un castigo divino, una profecía o cualquier cosa aún peor. La mayoría de los mutantes eran asesinados al poco de nacer, pero algunos llegaron milagrosamente a la edad adulta y dejaron increíbles historias. El caso que más me ha impactado es el ocurrido en Sudáfrica a principios de los años setenta, y que, aparte de merecer una película, parece un raro y bello ejemplo de justicia divina:
En 1973, mientras el gobierno sudafricano seguía avergonzando al mundo por su sistema de apartheid, Rita Hoefling era una acomodada ama de casa, blanca como la nieve, que vivía en Ciudad de Cabo. Hasta ese momento, Rita había disfrutado de la comodidad y seguridad que otorgaba el pertenecer a la clase dominante, hasta que un buen día empezó a volverse negra. Le diagnosticaron la enfermedad de Cushing, un trastorno causado por hiperactividad de las glándulas suprarrenales. Le extirparon las glándulas y durante un tiempo no hubo ningún problema, hasta que Rita se dio cuenta de que la piel se le estaba volviendo bastante oscura. “No era sólo un ligero bronceado, sino un color bronce oscuro que transformó todo su aspecto: de hecho la hizo parecer una kleurling (de color, en afrikáans)”. Las primeras humillaciones fueron pequeñas, propias de un apartheid leve. Un chófer cumplidor la echó de la zona “sólo para blancos” del autobús, y la obligaron a llevar una tarjeta que explicaba y justificaba su piel oscura. Pero en aquella época, cualquier sudafricano blanco se erigía en comisario de la raza, y Rita tuvo que mudarse a otro barrio. Pero sus nuevos vecinos tampoco la querían cerca y redactaron una protesta. Todo esto en Ciudad del Cabo, que es la ciudad más tolerante y cosmopolita de Sudáfrica. Pero no sólo Rita se vio afectada. Su hija fue expulsada de un autobús porque el chófer (¡qué celo profesional!) reconoció a la muchacha por haberla visto varias veces con Rita. Cuando el padre de ésta murió, su madre no le permitió asistir al funeral: “No quiero que tu cuerpo negro me avergüence en el funeral de tu padre”. Rita fue expulsada de la comunidad blanca, pero afortunadamente recibió la amistad y el apoyo de los negros. Le dieron la bienvenida a sus hogares de los distritos segregados e impidieron que se volviera loca. Rita aprendió xhosa con fluidez, un idioma nada fácil. Pero la historia, como en cualquier guión cinematográfico, guardaba un nuevo giro. En 1978, Rita se volvió de nuevo blanca de manera espontánea. Intentó volver a su antigua vida, pero su marido –un ex oficial de la Armada Real- y sus hijos, la habían abandonado. Durante los últimos diez años de su vida vivió de la caridad y de una pequeña pensión, pasando de una habitación sórdida a otra en lo suburbios de Ciudad del Cabo, hasta que en una de estas habitaciones, murió de neumonía.
[Rita padecía un trastorno llamado síndrome de Nelson, que se da en uno de cada tres pacientes a quienes se les extirpa la glándula suprarrenal. Una de las tareas de esta glándula consiste (más o menos como hace la tiroides) en mantener controlada la hipófisis. En ausencia de la glándula suprarrenal, la pituitaria de Rita comenzó a crecer, se hinchó y produjo un exceso de hormona pituitaria, lo que provocó que se le oscureciera la piel].
martes, enero 06, 2009 | Escrito por
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Graham Chapman miembro de los Monty Python, murió el 4 de octubre de 1989. En su funeral, Eric Idle cantó un fragmento de "Always Look On The Bright Side Of Life", canción con la que termina La vida de Brian.
domingo, diciembre 14, 2008 | Escrito por
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“Cuando miramos a alguien [un ángel] desde una posición de amor no correspondido, e imaginamos los placeres que podría brindarnos estar con él en el cielo, tendemos a pasar por alto un importante peligro: con qué rapidez podría palidecer su atractivo si él también empezara a amarnos. Nos enamoramos porque deseamos huir de nosotros mismo con alguien que sea tan bello, inteligente e ingenioso como nosotros somos feos, necios e insulsos. Pero ¿qué pasaría si aquel ser perfecto cambiara un día de parecer y decidiera corresponder a nuestro amor? Quedaríamos, sin duda, un tanto impresionados, ya que ¿puede ser tan maravilloso como habíamos esperado si tiene el mal de gusto de aceptar a alguien como nosotros? Si, para amar, debemos creer que el ser amado nos supera en cierta medida, ¿no surge una cruel paradoja cuando corresponde a nuestro amor? Eso nos lleva a preguntarnos si él/ella es tan maravilloso/a, ¿cómo es posible que pueda amar a alguien como yo?”.
La célebre frase de Groucho Marx, “nunca pertenecería a un club que aceptara a alguien como yo”, viene a decir lo mismo y además con más gracia, por eso De Botton cataloga este fenómeno, (sin duda el más absurdo de cuantos componen la experiencia amorosa), como una forma de marxismo. Es una contradicción ridícula, y sin embargo casi todo el mundo pasa por ella en algún momento de su vida. Cuanto menos nos queramos, más grouchomarxistas seremos. ¿Qué he hecho yo para que me quieras? ¿Cómo puedes admirarme si yo mismo me considero indigno de ser admirado? ¿Cómo explicar tamaña sinrazón? De Botton considera que el marxista es más feliz mientras su amor no sea recíproco porque “el amor no correspondido puede ser muy doloroso, pero no conlleva riesgos, no causa daño sino a quien lo padece, es un dolor privado en la medida en que lo provoca uno mismo. Pero cuando es correspondido, hay que prepararse para renunciar a la aceptación pasiva de los golpes y asumir la responsabilidad de golpear también uno mismo.”
La inseguridad que nos atenaza cuando el ser deseado empieza a amarnos es el primer síntoma del marxismo. Nos irritamos y nos peleamos no porque haya realmente un motivo, sino porque el marxista que llevamos dentro ha empezado a ver en el ser amado las mismas carencias y debilidades que tiene él. O quizás no era amor lo que buscábamos sino tan sólo alguien en quien creer, un ser superior con el que fantaseamos, y que baja a nuestro nivel por el simple hecho de amarnos. Todo esto es tan ridículo que cuesta hablar de ello en serio, pero en la cultura occidental hay una larga tradición que sostiene que en el fondo, el amor solo puede concebirse como un ejercicio de admiración marxista no correspondido. Algunos ejemplos: Montaigne: “En el amor no hay más que un frenético deseo de lo que huye de nosotros. Anatole France “No es habitual amar lo que se tiene”. Stendhal: “El amor sólo puede surgir del miedo a perder al ser amado. Denis de Rougemont: “El obstáculo más serio es el que se prefiere a todos los demás. Es el más indicado para intensificar la pasión”. Roland Barthes “El deseo se limita a un anhelo de lo que es por definición inalcanzable”.
miércoles, octubre 29, 2008 | Escrito por
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“Si el enamoramiento se produce tan rápidamente es quizá porque el deseo de amar ha precedido al ser amado: porque la necesidad ha inventado la solución. La aparición del ser amado no es sino la segunda fase de una necesidad previa (aunque en gran parte inconsciente), de amar a alguien, ya que nuestra hambre de amor moldea sus rasgos y nuestro deseo cristaliza en torno a él. (Sin embargo, la zona de honradez que hay en nosotros nunca admitirá el engaño sin protestar. Siempre habrá momentos en que nos preguntemos si el ser amado existirá realmente tal como nos lo figuramos, o si no será una simple alucinación que hemos inventado para impedir el inevitable colapso producido por la falta de amor.)” Alain De Botton.
Puede que ésta sea una de las claves que mejor explican el desamor, la infelicidad amorosa. Nos preguntamos si existe el ser amado tal como nos lo imaginamos, con el problema añadido de que podemos preguntárnoslo incluso mientras estamos enamorados. Hay ocasiones en que la pregunta surge poco tiempo después de haber conocido a la persona amada, en esa apasionada fase en la que realmente se necesita al otro, lo que aumenta el sufrimiento en ambas partes. Es un problema abstracto (por no decir absurdo), y cómo tal, no tiene solución. En realidad, esa persona que esperamos o que conocemos, no existe, es, efectivamente, una alucinación, una creación de nuestra mente. Esta creación es variable: tal persona es la ideal, pero un buen día deja de serlo sin mediar problema alguno. O, por el contrario, estamos seguro que ésa no es la persona, hasta que la perdemos: entonces, milagrosamente, esa persona empieza a parecerse milagrosamente a lo que deseamos. O mejor dicho, a lo que creemos que deseamos.
sábado, julio 26, 2008 | Escrito por
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Charles Dickens escribió la mayoría de sus novelas por entregas. Cuando empezó a escribir Oliver Twist no tenía una novela en la cabeza, sino una idea para empezar una historia. Cada mes añadía unos capítulos que el público esperaba con avidez, y así hasta que en un momento dado decidió que la historia había llegado a su final. Antes, había puesto a prueba la paciencia de sus lectores cuando, al final de un capítulo, el pequeño Oliver recibía un disparo. ¿Habrá muerto Oliver Twist? Los ansiosos lectores de la legendaria Pickwick Papers esperaban obtener la respuesta al mes siguiente, pero Dickens no se la proporcionó hasta dos entregas después. Es el viejo arte de cortar la narración en el momento justo en que el espectador está a punto de descubrir algo fundamental para dejarle en vilo, deseando la próxima entrega como un yonkie desea su dosis de heroína. Este recurso es más antiguo que la propia literatura escrita. En la antigüedad, cuando la casi totalidad de la población era analfabeta, existía la figura del lector que cobraba por leerles a las gentes humildes las historias que circulaban por entonces. Este lector a domicilio leía unos capítulos durante un tiempo pactado, pero se cuidaba mucho de que cortar en el momento justo, de manera que sus oyentes indefectiblemente le pedían que continuara leyendo, aunque para ello tuvieran que pagar de nuevo. En la actualidad esta función la cumplen las series de televisión, principalmente las norteamericanas. Cuando pruebas una de las buenas, te engancha sin remedio, y si la tienes en un pack de dvd, lo normal es atiborrarse a ver capítulos seguidos. Este tipo de narración no cuenta con un gran prestigio intelectual. Se suele asociar con seriales, con folletines, con best sellers, en fin, con ficción muy popular. Esto es cierto en el caso de Dickens, de hecho, probablemente no ha existido un autor más popular en la historia de la literatura. Dickens era seguido y amado con pasión por un gran espectro de la población de su tiempo. Sus obras generaban una expectación que no tiene parangón en la actualidad. Los seguidores americanos, incluso esperaban en los puertos de Nueva York gritando sobre la multitud de un barco que arribaba «¿Está la pequeña Nell muerta?» Dickens conocía el gusto de su público porque cada mes podía comprobar la reacción de éste a la última entrega. Nicholas Nikelby fue escrita en veinte entregas mensuales, casi dos años de expectación. Dickens cuidaba mucho a su público, por lo que la respuesta de éste podía alterar el final del relato. Como sólo necesitaba mantener una corta ventaja sobre sus lectores, Dickens no cumplía la norma de su coetáneo Anthony Trollope, que decía que “un artista debería tener en sus manos el poder de ajustar el principio de su obra al final”. Un buen ejemplo de este proceso lo encontramos en la entrada de Dickens en la wikipedia: "La Vieja tienda de antiguedades es una historia de una persecución. En esta novela, Nell y su abuelo huyen del villano, Quilp. El progreso de la novela sigue el gradual éxito de la persecución. Mientras Dickens escribía y publicaba las entregas semanales, su buen amigo John Forster le señalaba a Dickens: «Sabes que tendrás que matarla, ¿verdad?». El porqué de este final, se puede explicar por un breve análisis de la diferencia entre la estructura de una comedia y la de una tragedia. En una comedia, la acción cubre una secuencia «tú crees que ellos van a perder, crees que perderán, ellos vencen». En una tragedia es: «Tú crees que ellos vencerán, crees que vencerán, ellos pierden». Como se ve, la conclusión dramática de la historia está implícita en la novela. Así, cuando Dickens escribió la novela en forma de tragedia, el infortunado desenlace era una conclusión ya sabida. Si él quería que su heroína perdiera, no debió completar la estructura dramática. Dickens admitió que su amigo Forster tenía razón y, en el final, la pequeña Nell fallece. Dickens también admitió que no deseaba matar a Nell, pero era un novelista y tenía que completar la estructura de la novela".
En muchas ocasiones, Dickens sólo llevaba una entrega de ventaja sobre lo publicado, por lo que la presión debía ser enorme: “la periódica enfermedad del párrafo” según su propia definición. Sin embargo siempre pensó que el esfuerzo merecía la pena: “Otros escritores presentan sus sentimientos a sus lectores, con la reserva y la circunspección del que ha tenido de prepararse una aparición en público… Pero el ensayista periódico entrega a sus lectores los sentimientos del día, con el lenguaje que esos sentimientos han inspirado”. La entrega periódica hace sufrir al autor, eso no cabe duda, pero la presión da como resultado, en muchas ocasiones, las mejores páginas. Mi amigo Nicolás me decía ayer mismo que es en estos casos, cuando tienes la presión de entregar algo de manera ineludible, cuando salen las mejores cosas.
La ficción por entregas es un formato muy interesante cuando se tiene libertad y los medios necesarios, incluyendo el tiempo como el más necesario. Cuando uno empieza una historia y sabe que va a ser larga, (a veces todo lo larga que se pueda), se activan mecanismos mentales diferentes que los que se usan cuando tienes que escribir una obra cerrada, como por ejemplo una película. Dos de las pesadas losas que uno se echa a la espalda cuando inicia la escritura de un guión para largometraje desaparecen: la necesidad de decidir muy pronto el final y la dificultad de comprimir en una duración razonable todo lo que se quiere contar.
La ficción por entregas también tiene sus riesgos. Si se extiende demasiado en el tiempo puede alejarse del estilo inicial y defraudar a sus seguidores. En televisión, a veces no es la excesiva duración de una serie lo que la hace perder su personalidad, sino las decisiones que toman los responsables de la misma. En el argot televisivo esto se llama “saltar el tiburón”. La frase procede de una serie en la que el protagonista salta un tiburón cuando está haciendo esquí acuático, se supone que debido a que los guionistas ya no sabían que hacer. Saltar el tiburón significa traspasar la frontera de lo sensato, de lo razonable: a partir de ahí se desplomará en caída libre con argumentos cada vez más peregrinos e inverosímiles.
Por suerte, Dickens nunca saltó el tiburón. Cuando hoy leemos Oliver Twist no percibimos su origen fragmentario, y eso que empezó a escribirlo cuando aún no había acabado Nicholas Nikelby. Quizá si Dickens no hubiera publicado sus obras por entregas, hoy no serían tan universalmente reconocidas.
martes, julio 22, 2008 | Escrito por
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Muchas son las leyendas que rodean a este violinista, considerado por los especialistas como el mejor de la historia. Una de ellas habla de unas manos de una longitud desproporcionada, (45 cm dice la wikipedia, aunque no especifica más) que sus coetáneos menos ilustrados achacaban a una práctica obsesiva del violín. Más probable es que Paganini sufriera de algún tipo de alteración física en sus articulaciones, que dio como resultado una hiperflexibilidad tal en sus manos que podía llevar la uña del dedo pulgar hasta el dorso de la mano. Algunos estudiosos dan por hecho que Paganini sufría del síndrome de Ehlers – Danlos, cuyo principal síntoma es esta laxitud articular que todos hemos visto alguna vez.
Pero según otros expertos, Pagnini pudo padecer del síndrome de Marfan, que es el que interesa aquí, puesto que es el que ofrece más posibilidades para la conjetura histórica. Una de las manifestaciones del síndrome de Marfan es la aracnodactilia, que como su nombre indica, consiste en que los dedos crecen y se curvan hasta que acaban por semejarse a las patas de una araña.
Esto explicaría la enorme longitud de los dedos de Paganini, si es que es cierto que era tan largos, pero dejaría sin explicar la hiperflexibilidad que le permitía tocar tres octavas con poco esfuerzo. Según leo en la página médicosartistas, "Se sabe que voluntariamente podía flexionar lateralmente la articulación de sus falanges distales; en varias ocasiones fue preguntado acerca de su mágico secreto, a lo cual el genial compositor siempre respondía que lo revelaría cuando se retirara, desgraciadamente se llevó tan codiciado secreto con él". En cualquier caso, lo que sí parece seguro es que el arte interpretativo de Paganini no se debe solamente a la práctica y a su talento, sino que contó con la ventaja de los efectos de una enfermedad desconocida por entonces. También se sospecha que Rachmaninoff pudo haber sufrido esta rara enfermedad de origen hereditario. Los estudiantes de piano que tienen que enfrentarse a las obras del genial ruso se quejan de que habría que tener manos de gigante para poder tocarlas. ¿Acaso Rachmaninoff las compuso sin caer en la cuenta de que sus dedos, inusualmente largos, le permitían interpretar sin esfuerzo sus difilísimas composiciones? Es una teoría interesante, pero improbable.
Según la Wikipedia, entre los famosos personajes que que han sufrido el síndrome de Marfan, se encuentran el actor de Vincent Schiavelli, (el inolvidable intérprete de Salieri en Amadeus), Robert Johnson,
el dibujante y actor español Javier Botet ¡Y hasta Osama Bin Laden! Aunque la Wikipedia no dice nada al respecto, los largos y curvos dedos del Sr Burns delatan la presencia de la inquietante aracnodactilia.
miércoles, julio 09, 2008 | Escrito por
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"Algunos loros han alcanzado gran celebridad como Grand Parole, del que se dice que dominaba el vocabulario básico de seis idiomas, y era capaz de reconocer a más de cien personas, pronunciando correctamente su nombre, lugar de nacimiento, estado civil, profesión y comida favorita. Grand Parole recorrió toda Europa y América a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Lamentablemente la noche del 12 de Julio de 1907 fue secuestrado en el tren que cubría el trayecto de Praga a Budapest. Las circunstancias del secuestro nunca fueron completamente esclarecidas, aunque algunos historiadores sostienen la participación de los servicios secretos del entonces imperio Austro Húngaro. Recientemente han circulado por la web algunas grabaciones atribuidas a Grand Parole que aparentemente fueron realizadas en Londres unos dos meses antes de su desaparición."
Leído en la wikipedia. Suena a falso, claro, pero después de ver el perro sin cabeza del Dr Brukhonenko, todo parece posible.
domingo, julio 06, 2008 | Escrito por
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Hay autores que fueron juzgados durante toda su existencia, independientemente de su evolución vital. Un caso claro es el de Ernst Junger. En sus viajes oficiales, por ejemplo cuando era investido Dr. Honoris Causa por alguna Universidad, solía ser recibido por grupos de exaltados que le gritaban "nazi, asesino, fascista etc", como ocurrió por ejemplo en Bilbao. La realidad es que Junger nunca perteneció al partido, y en un momento dado, prohibió a las autoridades nazis que utilizaran su escritos para sus proclamas, poniendo en riesgo su vida. Pero Junger tuvo la mala suerte de que le gustaba a Hitler, no así a Goebbles, que le pidió permiso para eliminarle al poco de empezar la Segunda Guerra Mundial. La respuesta de Hitler: "Deja tranquilo a Junger, Alemania tiene problemas más graves". Junger sí fue, en su juventud, un nacionalista, un patriota y un belicista convencido de la nobleza del arte de la guerra. Son tres rasgos que me repugnan especialmente, pero no fue un nazi. Durante su estancia en el Paris ocupado en el que sirvió con el rango de capitán, se sabe que ayudó a escapar a docenas de judíos, y también que hizo lo imposible para proteger a la población civil de Francia y su impresionante patrimonio artístico y monumental. De aquel Junger belicista que se alistó como voluntario en la Primera Guerra Mundial, poco quedaba ya. Dicho grosso modo, (no puede decirse aquí de otra forma, dada la complejidad del personaje) Junger evolucionó desde un exacerbado y peculiar nacionalismo a un europeismo y pacifismo militante, que cualquiera que se tome la molestia puede comprobar leyendo sus escritos.
Yukio Mishima, por contra, hizo el camino contrario. Aunque siempre fue una persona torturada, en su juventud abogó, influenciado por importantes creadores de la época, por un Japón libre y abierto a occidente. Pero esta actitud le duró más bien poco. Poco a poco Mishima fue dando muestras de un ultranacionalismo que rayaba en la locura. Creó una milicia cuyo primer objetivo eran dar un golpe de estado para devolver el poder al emperador y así devolver al país a la situación de 1939. Mishima no tuvo mucho éxito en su objetivo. Muchos de sus compatriotas le vieron como una figura cómica, y sólo consiguió reclutar un centenar de voluntarios, pero da miedo pensar que hubiera pasado si hubiera tenido los medios suficientes. Como creo que todos los nacionalismos son muy parecidos, no veo grandes diferencias entre el pensamiento de Mishima, Otegi y Himmler, por citar algunos en teoría antagónicos.
Pero, pese a todo, creo que a Mishima se le siguen perdonando más sus ideas políticas que a Junger, lo que me resulta desconcertante: ¿es menos tolerable errar a los veinte años que a los cincuenta? Esto puede deberse a que Mishima es autor de libros tan delicados y bellos que resulta difícil creer que procedan de un neofascista. A veces uno se deja seducir por la idea de que conocer los detalles de la vida privada de un autor pueden contribuir a una mejor compresión de su obra. Rápidamente se establecen relaciones efecto causa entre tal suceso y tal libro o párrafo. Puede ser así en algunas ocasiones, pero también pueden tener el efecto contrario. "Claro, como Mishima era gay, por eso aquí dice esto..." Ocurre un poco como con el famoso y malicioso ejemplo del psicoanálisis, en el que un psicoanalista le preguntaba a su paciente gay cómo era su padre. Si el padre del paciente era, por ejemplo, un militar duro y homófobo, el diagnóstico era claro: homosexualidad producida por contraste, por reacción a un carácter dominante. Pero si el padre era una figura dulce y tolerante, el diagnóstico era igual de claro: homosexualidad derivada de la falta de una figura paterna autoritaria.
"El 25 de noviembre de 1970, Mishima y cuatro miembros de la Tatenokai visitaron con un pretexto al comandante del Campamento Ichigaya, el cuartel general de Tokio del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa de Japón. Una vez dentro, procedieron a cercar con barricadas el despacho y ataron al comandante a su silla. Con un manifiesto preparado y pancartas que enumeraban sus peticiones, Mishima salió al balcón para dirigirse a los soldados reunidos abajo. Su discurso pretendía inspirarlos para que se alzaran, dieran un golpe de estado y devolvieran al Emperador a su legítimo lugar. Solo consiguió molestarlos y que le abuchearan y se mofaran de él. Como no fue capaz de hacerse oír, acabó con el discurso tras solo unos pocos minutos. Regresó a la oficina del comandante y cometió seppuku". (Wikipedia)